Las hijas de Gilead
Por Ari Piccioni
Ficha técnica: The Testaments. Origen: Estados Unidos. Creador: Bruce Miller. Actores: Lucy Halliday, Ann Dowd, Chase Infiniti, Rowan Blanchard, Amy Seimetz, Mattea Conforti, Mabel Li, Elisabeth Moss.
La primera temporada de The Testaments retoma el universo de The Handmaid’s Tale desde una perspectiva atravesada por las consecuencias de la vida en Gilead sobre una nueva generación. La narración desplaza el foco de June Osborne y organiza el conflicto alrededor de Agnes (Chase Infiniti), Daisy (Lucy Halliday) y la tía Lydia (Ann Dowd), entre otras cuantas mujeres, cuyas trayectorias condensan distintas formas de relación con el sistema teocrático. Al establecerse continuidad con la ficción original, se construye un escenario donde el orden político conserva sus mecanismos de control, aunque expone fisuras derivadas del desgaste institucional y de la circulación clandestina de información.
Agnes articula el conflicto entre obediencia y conciencia individual. Criada dentro de Gilead, incorpora las normas religiosas como parte de la vida cotidiana y percibe el mundo exterior como una amenaza. La narración desarrolla el progresivo deterioro de esa lógica a partir de escenas donde la violencia institucional interrumpe la aparente estabilidad doméstica. La relación con las esposas y con las figuras de autoridad produce un proceso de extrañamiento que transforma su percepción y habilita la posibilidad de resistencia.
La trayectoria de Daisy introduce un contraste con la experiencia de Agnes. La joven vive en Canadá y mantiene una relación distante con la memoria de Gilead hasta que descubre el vínculo entre su historia personal y la estructura política del régimen. Ese descubrimiento se organiza mediante una narrativa de espionaje y persecución que modifica el ritmo respecto de The Handmaid’s Tale. El desplazamiento hacia una lógica más cercana al thriller político intensifica la circulación de secretos y fortalece la dimensión conspirativa del relato.
La figura de la tía Lydia adquiere una complejidad central en la temporada. Mientras en The Handmaid’s Tale funcionaba como representación del disciplinamiento religioso y corporal, acá se incorporan zonas de ambigüedad vinculadas con sus motivaciones y con su relación estratégica con el poder. La construcción dramática evita la conversión inmediata del personaje en una figura redentora y sostiene una tensión constante entre convicción ideológica, culpa y supervivencia política.
La continuidad estética entre ambas series fortalece la percepción de pertenencia a un mismo universo narrativo. La utilización de encuadres cerrados, la composición simétrica de las escenas y la presencia dominante del color como símbolo de resistencia mantienen la asociación visual con Gilead como espacio de vigilancia y sometimiento. Esa continuidad visual opera como memoria narrativa y permite que la serie dialogue permanentemente con la experiencia acumulada por los personajes en la ficción original.
Esta primera temporada reorganiza el funcionamiento del miedo dentro del relato. En The Handmaid’s Tale la amenaza se vinculaba con el castigo inmediato y con la violencia física sobre los cuerpos femeninos. En The Testaments el terror se desplaza hacia la vigilancia secreta, la infiltración y la imposibilidad de reconocer aliados confiables. Todo el tiempo se construye una atmósfera donde la incertidumbre afecta tanto a los personajes que habitan Gilead como a quienes permanecen fuera de sus fronteras.
El vínculo entre ambas producciones también aparece en la manera en que la maternidad funciona como territorio político. La apropiación de hijos, la regulación de la sexualidad y la subordinación femenina continúan organizando el sistema de dominación. Estas problemáticas se profundizan a través de personajes jóvenes que crecieron bajo las consecuencias directas de las decisiones tomadas en la ficción anterior. La memoria de June permanece presente aún cuando el personaje no ocupa el centro del relato y su figura adquiere un carácter casi mítico para quienes buscan destruir el régimen.
La relación entre Agnes y June ocupa un lugar decisivo dentro de la construcción emocional de la temporada. Agnes crece bajo una identidad impuesta por Gilead y desconoce el vínculo biológico que mantiene con June Osborne, cuya figura circula asociada a la traición y a la resistencia. La revelación del parentesco transforma la percepción que Agnes tiene sobre su propia historia y sobre las razones que sostienen la persecución estatal alrededor de su familia. Ese descubrimiento se devela de manera gradual mediante documentos ocultos, testimonios fragmentarios y recuerdos parciales que permiten reconstruir la separación forzada entre madre e hija. El reconocimiento de ese lazo impacta sobre la experiencia subjetiva de Agnes y fortalece el conflicto entre la identidad diseñada por Gilead y la memoria familiar que intentaron eliminar.
La estructura coral permite ampliar el alcance político del universo narrativo. Escenas vinculadas con la diplomacia internacional, los movimientos de resistencia y las disputas internas entre sectores de poder dentro de Gilead modifica la escala de la historia respecto de The Handmaid’s Tale, cuya perspectiva permanecía concentrada en la experiencia individual de June. Acá lo que importa es la dimensión íntima del conflicto y simultáneamente el desarrollo de un panorama político más amplio.
En esta nueva era, la relación entre las adolescentes adquiere un lugar relevante dentro de la construcción social de Gilead. La amistad entre Agnes y las jóvenes que comparten su educación aparece atravesada por normas religiosas que regulan la intimidad, el deseo y las formas de afecto permitidas. La camaradería funciona como un espacio limitado de contención emocional frente a un sistema que modela la vida femenina alrededor del matrimonio y de la obediencia. El amor romántico se presenta como una experiencia restringida por acuerdos familiares y decisiones estatales, lo que convierte cualquier vínculo afectivo autónomo en una amenaza para el orden político. Esas tensiones se desarrollan mediante conversaciones privadas, intercambios por lo bajo y gestos de solidaridad que revelan la necesidad de construir lazos personales dentro de un régimen orientado a controlar incluso las emociones.
El tratamiento del tiempo narrativo también establece diferencias significativas. La primera serie trabajaba sobre la repetición y sobre la sensación de encierro cotidiano. The Testaments estructura los eventos mediante desplazamientos constantes, cambios de identidad y operaciones clandestinas que aceleran el desarrollo dramático. Esa dinámica transforma la experiencia del espectador y produce una tensión sostenida basada en el riesgo permanente de exposición, sobre todo de las figuras de Daisy y Mayday.
Ya renovada para una segunda temporada, la serie de las hijas de Gilead, construye una continuación que recupera elementos fundamentales de The Handmaid’s Tale y los reorganiza alrededor de nuevos personajes y conflictos. La persistencia de Gilead como estructura política permite explorar las consecuencias prolongadas del autoritarismo sobre distintas generaciones. Mantiene la reflexión sobre control social, violencia patriarcal y manipulación religiosa, aunque desplaza el eje hacia la transmisión de la memoria y hacia las posibilidades de desarticulación desde el interior de sus propias instituciones.
Ari Piccioni
Licenciada en Comunicación Social. Docente en Comunicación Visual Gráfica I (UNR). Amante de las series nórdicas y con zombies.