La risa como trinchera

Por Julieta Llanes

Ficha técnica: Derry Girls. Origen: Gran Bretaña. Creadora: Lisa McGee. Actores: Saoirse-Monica Jackson, Louisa Harland, Nicola Coughlan, Jamie-Lee O’Donnell y Dylan Llewellyn.

Antes de Bridgerton, Nicola Coughlan protagonizó una de las series más importantes para la cultura pop irlandesa. Derry Girls fue la sitcom favorita de las chicas en 2018.

 

En Derry Girls la risa es una forma de resistencia. La sitcom británica-irlandesa de Lisa McGee, ambientada en la Irlanda del Norte de los años noventa, combina un humor caótico y el fantasma del conflicto político-religioso como trasfondo.

 

La serie posee la estructura clásica del género —episodios breves, ritmo acelerado, bromas recurrentes— y está situada en un contexto histórico difícil, donde Erin, Orla, Clare, Michelle y James, cinco amigas católicas, intentan sobrevivir a la adolescencia y la secundaria. Con diálogos acelerados y un ritmo que se torna frenético, la comedia está llena de ironía, humor negro y una acumulación admirable de malentendidos, sin caer en lo superficial.

 

La banda sonora se construye con hits noventeros y rebeldes, con bandas como Take That, Blur, The Cranberries, Genesis, Spice Girls y The Clash. Las chicas exploran la música como parte de su esencia como grupo, se escapan para ir a conciertos, empapelan sus habitaciones con pósters, se enamoran de compositores y se mueven con la energía de Madonna, inspiradas a vivir, a vivir mucho.

 

Aferrado a una mirada profundamente irlandesa, el mundo de las chicas de Derry es un caos donde la exageración y el absurdo cubren con mantas el drama de la herida irlandesa. El conflicto armado, al cual las chicas suelen mencionar como “una pelea ridícula“ entre dos grupos paramilitares y la Fuerza Armada Británica, duró 30 años y se cobró miles de vidas. Los católicos proponían la independencia nacional y los protestantes eran pro-británicos. En Derry, la ciudad llevaba años intentando defender su soberanía irlandesa, mientras la serie ocurre.

Erin Quinn (Saoirse-Monica Jackson) es una protagonista irritante pero encantadora. La joven persigue su sueño de ser escritora en un mundo en guerra y arrastra a sus peculiares amigos con ella en busca de perder la virginidad, gustarle a chicos y triunfar en el mundo del periodismo. Muy distinta a Carrie Bradshaw de Sex and The City, quien hablaba sobre el amor desde su departamento de Manhattan, entre cócteles y zapatos de diseñador, Erin es una adolescente escasa de glamour. Escribe su diario íntimo en un cuarto que Orla invade y registra amores que no le corresponden. Sin embargo, Erin se considera a sí misma “la voz de una generación” y tiene la determinación de cumplir su sueño… aunque en el proceso es incapaz de no meterse en problemas con la monja de su escuela o el gobierno irlandés. A los diecisiete años, aspira a ser una escritora profunda e intelectual, con todo y su facilidad para provocar desastres y confusiones hilarantes.

Claire Devlin (Nicola Coughlan), encarna el rol de amiga preparada para entrar en pánico. Acaba de salir del closet como lesbiana, en una comunidad conservadora, donde la iglesia está en guerra consigo misma, y aun así, su única preocupación, en realidad, es la validación académica. Sus amigos son un grupo imposible de predecir, con opiniones diversas y locuras recurrentes, aunque, silenciosamente, muestran su apoyo hacia Claire usando insignias de arcoíris en cada prenda de ropa durante toda la serie. Coughlan interpreta a una joven de tan solo dieciséis, pero tenía más de treinta cuando aceptó el papel que la catapultó a la fama. La actriz había pasado años en una profunda depresión por no conseguir trabajo y vivía con sus padres. Tan solo un año después del estreno de Derry Girls se puso en la piel de Penelope Featherington en Bridgerton, la taquillera serie de Netflix. Más tarde, participó en Barbie, la película de Greta Gerwin, ocho veces nominada al Oscar. Sin embargo, su legado más importante es el mural con su rostro y la frase “pequeña lesbiana“ que sonríe eternamente en las calles de Derry.

El vestuario de la serie no puede describirse de otra forma más que sincero y frenético. La diseñadora de vestuario, Cathy Prior, utiliza detalles específicos para que cada personaje pueda verse como un adolescente real. Los monótonos uniformes cuentan con distintivos que reflejan las identidades personales dentro y fuera de Our Lady Immaculate, la secundaria a la que asisten. La elocuencia del guion desplaza a Derry Girls lejos del minimalismo sin alma que carga el vestuario de los protagonistas de otras series actuales.

Michelle se destaca por un estilo downtown británico, con accesorios grandes y ropa urbana, a veces provocadora. Lleva la piel bronceada y el cabello voluminoso, crujiente por el gel y la laca. Usa medias que siempre alcanzan las rodillas, vestidos cortos, zapatos con tacón y maquillaje exagerado. Atrevida, audaz y rebelde, sus prendas recuerdan a Scary Spice y Ginger Spice. 

 

James, como un pequeño e inglés Ross Geller de Friends, es fiel a sus orígenes: sueters clásicos, camisas a cuadros y pantalones rectos. Un estilo sobrio, que recuerda a las calles de Londres. Son pocos los momentos donde lo vemos salir de su rigidez masculina, James intenta recordar constantemente que él, en realidad, es un chico. Recién en la tercera temporada, luego de liberarse de la opresión por no sentirse aceptado, James experimenta con colores cálidos, camisetas de futbol e, incluso, un vestido negro ajustado y tacones de siete centímetros, al interpretar a Posh Spice.

 

Clare es colorida, como una niña grande que todavía la viste su mamá. Se siente cómoda en estampados florales, tonos pasteles y accesorios alegres. Con sus diademas, el pelo prolijo y los overoles, es como una Cher Horowitz (Clueless) en versión ansiosa y sin presupuesto.

 

Orla viste como es: extravagante y despreocupada. Usa tonos oscuros, remeras con estampados sin sentido, prendas intervenidas que no combinan o están distribuidas en lugares extraños, peinados experimentales y la ausencia de normas de género. Probablemente, el estilo de una joven Björk en su debut inspiró la forma de jugar con la ropa y ser sincera consigo misma. Orla no parece ser de este planeta ¿por qué lo sería su armario?.

 

Erin sigue tendencias, con chokers de cordón negro junto a dijes aleatorios, prendas denim y estampados a rayas. Aunque intenta acercarse a un estilo más maduro y acorde a sus aspiraciones de periodista, recuerda a Winona Ryder en Reality Bites, con la ilusión de gritar “soy demasiado profunda para este pueblo”. En sus prendas de joven intelectual atormentada siempre hay color rojo, un signo intenso que describe a la perfección su forma de ser.

 

Cada detalle en la producción ha sido pensado en profundidad y construido con amor. Los escenarios están vivos. En la casa de los Quinn, realmente parece convivir una familia ensamblada y caótica, de recursos limitados. Hay papeles amontonados en las encimeras, imanes desparramados en la heladera, platos sucios, fotos familiares, juguetes en el suelo, muebles que no combinan y objetos personales por todas partes. No es un espacio prolijo, las camas están deshechas, los almacenes acumulan porquerías y los autos son pequeños, viejos. La tía se ata los ruleros en la cocina, los chicos hacen la tarea sobre la mesa del comedor, el abuelo mira la televisión en un sillón roído.

Lisa McGee dio a luz una historia especial, donde Derry es el corazón de la serie. La razón por la que esta pequeña ciudad irlandesa fue elegida para representar el escenario físico de este grupo de jóvenes con una química inigualable y adultos disparatados e insoportables no tiene que ver sólo con que es la tierra natal de la autora. Derry es el hogar de la serie porque se encuentra atrapada entre la fe y el conflicto, entre la guerra y la esperanza. Desde la escuela católica de las chicas, sus humildes hogares, los espacios comunes que habitan y hasta las calles patrulladas por soldados, todo nos habla del peso de la historia sobre la vida cotidiana irlandesa. Para lograr esto, McGee tomó su experiencia personal y logró que las chicas de Derry encarnen la adolescencia como territorio político, donde reír es sobrevivir. En ese entorno hostil, el grupo enfrenta la caótica etapa de la secundaria, un despertar sexual censurado, la represión religiosa, las expectativas de género de la época y la identidad nacional en disputa. Con diálogos y problemas atemporales se representa el camino hacia la adultez de cualquier chica, de una forma hermosa y sincera, dejando al conflicto bélico como una historia de fondo. En la serie, ellas son las protagonistas, no la guerra.

Esta sitcom levanta la bandera de las minorías, de las chicas raras, les hace saber que tienen lugar en la historia, un lugar que las vuelve eternas, como el sonido de sus carcajadas y las nuestras frente a la televisión.

Pocas maravillas audiovisuales le dan vida a un coming of an age como las chicas de Derry. Lo que las hace únicas es la montaña rusa emocional en la que Derry Girls se ríe de todo para convertir el miedo en humor y la risa en trinchera.

Julieta Llanes

Estudiante de Comunicación Social UNR – Fiel devota de The Walking Dead y de las historias
de amor.